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La Coctelera

Libroteca

Escribir un cuento paso a paso.

2 Diciembre 2006

La navidad: un tema muy literario

La navidad: un tema muy literario.

Las fiestas de finales de año han inspirado ha muchos autores escribiendo novelas, cuentos y poesías, que en ocasiones destacan entre sus mejores obras. Al margen de las creencias religiosas, lo cierto es que desde las culturas milenarias más antiguas el mito del sol que muere y renace en el solsticio de invierno ha estado presente en distintas formas iconográficas y sociales, organizándose grandes fiestas en conmemoración del ciclo que acaba y el que empieza seguidamente.
En el taller de escritura nos proponemos, pues, hacer un cuento o un relato que puede tratar directamente sobre la navidad o sobre cualquier aspecto que, por muy leve que sea, se refiera o esté inspirado en las fiestas navideñas o en la manifestación de la naturaleza que muere y se renueva.
El libro de lectura durante el mes de diciembre es El cielo raso, de Alvaro pombo. Este escritor santanderino, miembro de la Real Academia, cuenta con ya con muchos de los principales premios literarios españoles, destacando la concesión en este año del Premio Planeta con su obra La fortuna de Matilda Turpin.
Hemos elegido para este mes la lectura de su obra El cielo raso por tratarse de una de las más características de su producción novelística. Autor de contrastes, en su literatura encontramos dramatismo y humor, un estilo brillante expuesto con ideas contradictorias como la vida. El cielo raso habla a la vez de la lucha por la justicia en El Salvador y de un microcosmos agobiante en las historias íntimas sufridas en un piso claustrofóbico de Madrid.
Esperamos recibir a lo largo del mes vuestros comentarios sobre éste o sobre cualquier otro libro y, sobre todo, que sigáis participando enviando cuentos y relatos de escritura creativa, esta vez sobre las fiestas de navidad o la idea del tiempo que acaba y el que empieza. Como la vida misma.

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Eutiquio

Eutiquio dijo

Año nuevo, vidas nuevas

-Dios te salve María. El Señor está contigo.

Antes de hablar con la niña, que apenas tenía quince años, el encargado de anunciarle la noticia había hablado con sus padres y les había comunicado el acuerdo tomado por el concejo en su última reunión.

Fue en los primero días de la última primavera. El pueblo contaba apenas treinta o cuarenta habitantes, pero todos ellos eran ya de edad muy avanzada y vivían sabiendo que cuando ellos muriesen desaparecería el pueblo para siempre.

En la mayor parte de las casas vivía una persona sola, como mucho dos en los casos d de algunos matrimonios que sobrellevaban la vejez con el recuerdo de los hijos ausentes. Sólo en casa de María eran tres, puesto que vivían sus dos padres y ella con ellos, de los que no quiso separarse nunca a pesar de que sus dos hermanos disfrutaban de una vida desahogada en la capital y le propusieron que fuese a vivir con ellos.

-Dios nos salve María. El Señor está contigo. Tú eres nuestra esperanza y la salvación de nuestro pueblo.

Tenía quince años, pero conservaba la inocencia de las niñas que han crecido sin convivir con chicos de su edad, rodeada siempre de personas mayores que la habían mimado y cuidado como si fuera una flor delicada de invernadero, y eso hacíamos difícil encontrar las palabras justas.

-Nuestro pueblo se acaba, y sólo contigo puede salvarse… Bendita tú eres entre todas la mujeres.

Y María entendió lo que se esperaba de ella.

-Podéis disponer de mí según tus palabras. Pero no hay ningún hombre de mi edad en el pueblo, y…

-No temas. Algún modo habrá.

En los albores de la primavera, justo el día veinticinco de marzo, María se sometió sumisa y complacida a un tratamiento de fecundación artificial. Cuando se supo que estaba embarazada repicaron jubilosas las campanas de la iglesia como si fuera un día de fiesta.

Desde aquel día todos los hombres y mujeres le hacían regalos en agradecimiento. Al principio eran flores recogidas del campo o cultivadas en macetas o en las huertas. Después, por el verano, la agasajaban con toda clase de frutas, y en septiembre con los primeros racimos de las viñas y los primeros higos de las higueras. En otoño escogieron para ella las nueces y las almendras más hermosas.

El embarazo se aproximaba a feliz término y todos proponían nombres para el primer niño nacido después de tanto tiempo. Si era niña se llamaría María, como su madre, o Leticia, que significaba alegría. Si era niño le podían poner Bienvenido, porque así era, o Salvador, que además era como se llamaba su abuelo.

Llegó el mes de diciembre. La Inmaculada Concepción. El día de Santa Lucía. La Virgen de la Esperanza…

Dos días antes de Navidad tuvo los primeros síntomas de que se acercaba el momento y la llevaron con urgencia al hospital donde el equipo médico se encargaría de todo.

La noche de Nochebuena los vecinos decidieron pasarla todos juntos compartiendo con los padres de María la impaciencia. Así fue como se sobresaltaron todos cuando sonó el timbre estridente del teléfono y todos a la vez conocieron la noticia:
-Ha tenido un niño y una niña. Se llaman Adán y Eva. Benditos son los frutos de su vientre.

Y repicaron jubilosas las campanas de la iglesia.

Eutiquio o.

8 Diciembre 2006 | 07:30 PM

libroteca

libroteca dijo

CUENTO DE NAVIDAD

Las peripecias de un nacimiento viviente.

Había una gran actividad en aquel pequeño y bonito pueblo. Pues habían decidido montar un nacimiento viviente. Y allí empezó todo el lío.
Reunido el comité de festejos empezaron a planificarlo todo.
-Bueno, vamos a ver –dijo el presidente- empezaremos por la virgen.
-Pues yo creo –dijo el herrero- que para la virgen iría muy bien mi niña que es rubita y con los ojos azules.
-¡Ulogia! – gritó a su mujer- trae a la niña. La Ulogia trajo a la niña que efectivamente era rubia, con un pelo estropajoso y rebelde poco acostumbrado al peina y sus ojos de un azul desvaído apenas ocupaban espacio en una cara redonda y coloradota.
Todos la miraban sin atreverse a decir nada, pues el herrero era más bruto que un “arao”.
Al fin alguien se atrevió a decir:
-Pues mira, yo creo que tu preciosa niña estaría mejor de pastorcilla, con esa cara de pilla y su aspecto sanote estaría preciosa vestida de pastorcilla con una cesta con huevos y un pequeño corderito en brazos.
Al padre debió de gustarle la estampa pues aceptó sin más. Respiraron todos aliviados y se decidieron por una niña morenita y espigada que resultó muy bien.
Y ahora San José.
-Estaría muy bien el chico del Quico.
Consultado el chico, éste sin ningún espíritu de colaboración, dijo que a él lo dejaran en paz, que no tenía ganas de estar horas y de pie y con cara de meno. Ante la insistencia de todos, dijo que bueno, si le dejaban llevarse los cascos y para oír música. Todos se escandalizaron, eso no “pegaba”. Trataron de explicarle que representaba al padre del salvador del mundo y él, que era monaguillo tenía que entenderlo.
Al fin cedió pero con la condición de que le llevaran una bolsa con aceitunas.
¡Aceptado! Pero alguien sugirió que se las llevaran sin hueso, pues con lo borrico que era, seguro que se dedicaría a bombardear a todo el mundo con los huesos.
-Bueno, y ahora el niño. Y eso sí que fue peliagudo. Las mamás se negaban a que sus retoños pasaran frío. Por fin convencieron a una, pero la pega era que el niño tenía ya diez meses y cuatro dientes arriba y dos abajo y resultaba un poco raro.
Se prometió a la madre que lo abrigarían bien, disimulando con una tela blanca los jerseys de lana.
Alguien ofreció una bonita piel de oveja forrada de tela de lana que lo taparía todo. Alguien ofreció también una pequeña estufa que disimulada se podía poner cerca de la cuna. Aceptada por unanimidad.
Ahora se trataba de encontrar un lugar donde ubicarlo todo. Alguien sugirió una pequeña cueva que había subiendo aquella cuesta. Les pareció una buena idea pues limpiándola y decorándola un poco quedaría muy propia. Todos estaban contentos pues se iba resolviendo todo.
Quedaba el tema del buey y la mula. Un asistente dijo que él tenía una burra con una cría que quedaría muy bien. Pero el caso era que consentía que nadie se acercara a su cría a menos de dos metros –pues suelta unas “patás” y unos “bocaos”… Es que es muy madre esa burra –explicó- o muy buerra esa madre.
Resolvieron el problema con una cabra con una buena cornamenta y una oveja que colocaron en el fondo con un buen montó de heno para que se entretuvieran, teniendo la precaución de atarles las patas para que no salieran corriendo.
Todos contemplaban el resultado final que les había quedado la mar de bien cuando apareció en escena con gran algazara de los pastorcillo y pastorcillas un personaje grandullón vestido de rojo.
¡Oh oh oh, que niño más guapo! El niño guapo clavó en él sus grandes ojos negros mientras pensaba: ¿qué hace aquí este mamarracho? Se cree que no sé que es el alguacil. Si no fuera porque me han dado papel de niño bueno, le atizaba un mordisco en una mano que se iba a ver morado para subirse a los tejados y meterse por las chimeneas.
El pobre hombre un poco azorado por la mirada de aquel niño dijo.
-Bueno, yo me voy que tengo mucho que hacer por ahí.
-Oh oh oh. Adiós.
Todo quedó en calma esperando a los visitantes y todos miraban al cielo y rezaban para que no lloviera, pues si llovía la cuesta que llevaba a aquel “santo lugar” resultaba ser totalmente intransitable.

23 Diciembre 2006 | 11:09 AM

libroteca

libroteca dijo

el otro día olvidé decir que el relato de Peripecias de un nacimiento viviente está escrito por Margarita Pérez, así que ahora lo digo para que no parezca que se lo he robado. Con lo amiga que es mía mi amiga Marga...

27 Diciembre 2006 | 10:26 AM

Manuel Enríquez

Manuel Enríquez dijo

Pasosrotos.
Por Manuel Enríquez.
(Primera parte)
Alguien le había puesto el remoquete de Pasosrotos por su peculiar forma de caminar, siempre arrastrando los pies. Mientras se cambiaba en el vestuario
recordó cómo había llegado a aquella situación. El alcohol se había ocupado de borrarle todos sus recuerdos. Recuerdos de una infancia y de una familia
que nunca tuvo. Siempre había vivido en las calles. Cenas en el albergue de San Isidro, en el Madrid de los austrias y almuerzos en cualquier parte con
la botella como su eterna y fiel compañera. Dormir en la calle si el tiempo lo permite o en alguna de las estaciones de metro en los días más fríos. Se
puso la barba y peluca blancas y terminó de ajustarse el pantalón y la chaqueta sobre los almohadones que rodeaban su cuerpo. Finalmente las botas de
piel negras y el gorro rojo con un pompón blanco convirtieron a Pasos Rotos, el desahuciado que era en el sueño de todos los niños del mundo. Pasos Rotos
había alquilado, como todos los años el traje en una tienda de disfraces en la calle Amor de Dios del madrileño barrio de las letras. Faltaban 30 minutos
para que las puertas del gran almacén se abrieran al público. Había sido contratado como Santa Claus viviente de la gigantesca tienda y su contrato terminaba
ese mismo día 24 de diciembre. A las 8 de la tarde cuando la tienda cerrara sus puertas se pasaría por caja para recibir el dinero de su trabajo y luego
vuelta a la rutina hasta que un día la muerte se acordara de su existencia. Quizás una pelea, un atropello o una helada nocturna no prevista antes de dormirse
bajo el abrigo de unos cartones. Tampoco le importaba demasiado. Ya se encargaría el alcohol de suavizar ese momento. Había permanecido sin beber todo
el tiempo que le duró el contrato. Sabía que si llegaba tambaleándose tras una noche de vino sería inmediatamente despedido recibiendo como único pago
una soberana paliza de los seguratas de la tienda. Odiaba a esos gorilones que le cacheaban cada noche antes de irse pero las instrucciones eran concretas.
El acceso a los vestuarios se hace siempre desde la puerta de servicio. Nada de pasar al almacén y si quieres mear, te vas al bar de enfrente.

Un día más y las luces y canciones de colores iluminaban la calle. Casi las ocho y pronto el almacén cerraría sus puertas. Desde hacía quince minutos
ningún niño se había sentado sobre sus rodillas para pedir el regalo de esa noche. Todos iguales, cortados por el mismo patrón. Los mayores intentando
quitarle la barba y los pequeños llorando cuando se sentaban sobre sus rodillas a la espera de que el fotógrafo contratado tomase su instantánea que luego
sería recogida en el departamento de fotografía del establecimiento.

Maldijo en voz baja cuando vio a la mujer con su hijo acercarse hacia él. Eso quería decir que todavía no podía levantarse. Un niño más que caminaba tranquilo
agarrado de la mano del mayor. Iban sin paquetes y eso llamó su atención. El niño, en la mano, llevaba su carta que le entregó mirándole fijamente a los
ojos mientras se sentaba en sus rodillas. No debía tener más allá de 5 o 6 años. No supo que fue pero al mirarle tuvo la sensación de estar viéndose en
un espejo y un temblor recorrió su espalda. Desvió su vista hacia la de la mujer y los ojos le resultaron extrañamente conocidos. Ella parecía haber sido
sacada de una instantánea de 30 años atrás. Una lágrima por la mejilla de ella pareció devolverla al presente. Escuchó la voz del niño.

- “Mira, es mi carta, la he escrito yo sólo. No quiero mucho, solamente una bicicleta. ¿Me la traerás?

- Ehmmm… si, claro. Intentó reír con el clásico ¡Jo, jo, jo! Pero la risa quedó atascada en su garganta. Miró nuevamente a la mujer que le devolvió
en sus ojos una tristeza infinita. El fotógrafo ya había disparado su flash y se había perdido entre los últimos clientes que salían del establecimiento.
El niño se bajó de sus rodillas y pegó su nariz en el escaparate.

- “Mira mamá esa es la bicicleta que quiero”.

Pasosrotos se acercó a la mujer que volvió a llorar, esta vez sin disimulo. “No tengo trabajo, no tengo dinero y ni siquiera podremos cenar esta noche”.
Por favor, déjeme, no me gusta que me vean así...”

Pasosrotos se alejó. Antes de doblar la calle para acceder a la puerta de entrada de personal, miró hacia atrás. La mujer y el niño se perdían en la calle
iluminada por un espléndido abeto decorado con bombillas de colores.

Ya cambiado y con el disfraz en la mano y el dinero recién cobrado en la otra se disponía a salir del establecimiento. Miró el disfraz rojo ya
doblado y se percató del sobre que asomaba por uno de sus bolsillos. Lo reconoció de inmediato, era el que ese pequeño le acababa de entregar. Sacó la
carta escrita con mano infantil. Un dibujo de Santa Claus llevando una bicicleta en dirección a una casa con un árbol en la puerta. Una flecha apuntaba
hacia la vivienda y una dirección del barrio de Carabanchel. Pasosrotos se percató de la mirada sobre su hombro. El vigilante de seguridad, detrás de él
y a muy corta distancia le dirigía hacia la salida. Pasosrotos se dio la vuelta y encaró la mirada del hombre. “Un momento, quiero entrar, tengo que comprar
algo”, le dijo. “No puedes, ya lo sabes. Si quieres comprar pasa por la entrada principal. De todas formas ya es demasiado tarde y todos se han ido. Ahora
lárgate antes de que me enfade.

Pasosrotos sintió que su brazo tomaba vida propia. Su puño se cerró y golpeó como un mazo la mandíbula del vigilante que cayó hacia atrás como
un pesado fardo para golpearse en la cabeza contra el suelo. No era la primera vez que el vagabundo intervenía en una pelea y de inmediato se percató de
que el golpeado dormiría una buena siesta. Entró corriendo en la zona destinada al público. Sin apenas darse cuenta de nada, como movido por una mano que
manejase los hilos de una marioneta que era su vida, se encontró en la calle nuevamente vestido de Santa Claus, con una pequeña bicicleta en sus manos.
Miró hacia la boca de metro por la que terminaba de salir y leyó el letrero. “Opañel. Salida calle La Vía”. Estaba en el barrio de Carabanchel. Una gruesa
capa de nubes cubría el cielo. Sintió frío cuando una espesa niebla apareció de repente. Cruzó la calle que estaba enfrente de él y se preguntó cómo llegaría
a su destino pero una vez más sus pies tomaron la iniciativa. Cuando cruzó la calle el frío desapareció y la niebla se disipó con la misma rapidez con
la que había llegado. Empezó a llover con fuerza, como si se hubieran abierto todos los mares del universo sobre su cabeza. El traje empezaba a empaparse
y la peluca y barba blancas goteaban agua por cada uno de sus pelos. A través de la cortina de lluvia miró a su alrededor y tuvo la sensación de que
había cambios en el entorno que, por otra parte, le resultaba extrañamente familiar. Quizás la niebla, el agua y sus pies le hubieran jugado una mala pasada
para conducirle a algún extraño descampado. El asfalto de la calle se había trocado por tierra mojada, no había farolas, coches ni edificios. Solamente
casas bajas de una altura con las ventanas iluminadas. Volvió la vista atrás intentando localizar la estación de metro de la que acababa de salir pero
su mirada se perdió en ese mismo paisaje. Sintió el peso de la bicicleta en su mano y agradeció el abrigo que le proporcionaba el mojado traje de Santa
Claus.
(Continúa)

27 Diciembre 2006 | 03:56 PM

Manuel Enríquez

Manuel Enríquez dijo

Pasosrotos.
Por Manuel Enríquez.
(Final del relato)

La casa no era muy grande. Un pequeño dormitorio con una cama en la que acababa de acostar al pequeño. Luego cuando llegase el marido acostaría al niño
en el colchón que guardaba tras la puerta del comedor. En éste una repisa con media docena de platos repartidos en estanterías adosadas a la pared, hacía
las veces de cocina. Un pequeño cuarto de baño, retrete, plato de ducha y lavabo completaba la vivienda. Había recogido algunos cartones ese mismo día.
Quizás obtuviera un par de monedas por ellos. Escuchó la voz de él y empezó a temblar antes de que llegara a la puerta. Siempre la misma historia que se
repetía, día tras día. Bronca en el mejor de los casos, una bofetada habitual o una paliza en algunas ocasiones. Esta vez llegaba más borracho que de costumbre
pues tardó un par de minutos en dar con la llave e intentar abrir la cerradura para terminar llamando a voces hasta que ella abrió la puerta. Antes había
pasado a la habitación del pequeño que dormía plácidamente. Después colocó la sartén sobre el hornillo para calentar un frito de costillas que había guardado
para cuando él llegara. Entró dando tumbos y con el aliento oliendo a ginebra. Un gruñido fue el saludo. “Tengo hambre, fueron sus siguientes palabras.
El guiso empezaba a calentarse y el olor del pimentón inundó la vivienda. Ella abrió la ventana lo para permitir la salida del humo. Fue lo suficiente
para desencadenar la tempestad. ¡Cierra esa ventana! ¡Si tuvieras el frío que yo tengo no tendrías tantos problemas con el maldito humo!

- Lo siento, dijo ella en un murmullo mientras volvía a cerrar la ventana.

- ¿Lo sientes? ¿Qué sientes? ¿Qué tenga frío? Vas a sentir frío, maldita puerca.

Abrió la puerta de la calle, una corriente helada inundó la habitación. Luego se dirigió hacia ella y la agarró por la muñeca con la intención de arrastrarla
hacia la calle. Estaba demasiado borracho y ella se zafó sin dificultad pero no pudo esquivar el puño que en ese momento golpeó su cara. Cayó como fulminada
por un rayo y en su caída derribó la sartén sobre el hornillo. El aceite ardiendo fue a parar sobre la ropa de su agresor que sintió como su carne se abrasaba.
Intentó buscar la salvación tirándose al suelo pero se equivocó. Al instante empezaron a arder todos los cartones que la mujer había recogido esa mañana.
Inicialmente ella tuvo más suerte al quedar inconsciente sobre el suelo de baldosa. Pero su suerte duraría poco tiempo. Las llamas de inmediato alcanzaron
la techumbre de madera y el fuego se extendía como una gota de tinta en un papel secante.

El pequeño oyó los gritos de un hombre que se abrasaba y salió de la habitación. Él también gritó de terror al ver a su madre caída y a punto de
ser alcanzada por las llamas. A un par de metros su padre todavía se revolcaba aullando. No se preocupó de este y directamente intentó tirar de los pies
de ella hacia la puerta. Hubiera podido escapar de haber tomado la decisión de inmediato pero ni siquiera pensó en ello. Volvió a tirar de su madre con
todas sus fuerzas pero no lo consiguió. Se tumbó sobre ella llorando. ¡Mamá! Y su llamada de terror consiguió sacarla del letargo. Cuando ella abrió los
ojos y vio al pequeño y sintió el calor que la abrasaba se puso de pie rápidamente pero ya era demasiado tarde. Las llamas avivadas por el aire que entraba
por la puerta impedían todo intento de escapada. Abrazó a su hijo y solo pudo decirle: “Cariño, mamá te quiere y no dejará que te pase nada”. No creyó
sus palabras y el aire caliente ya empezaba a abrasarle los pulmones.

Volvió a ponerse en marcha hacia un grupo de viviendas cercanas. Tras ellas un extraño color rojizo estaba empezando a iluminar el cielo. Solamente él pudo
escuchar un grito aterrador que le llegó hasta lo más profundo de su cabeza. Una de las viviendas ardía. Dejó la bicicleta y salió corriendo hacia la casa.
La puerta estaba abierta. Intentó mirar hacia el interior pero una espesa nube de humo cegó su vista. Un segundo grito, esta vez más fuerte se elevó sobre
el rugir de las llamas. No supo cómo lo consiguió pero atravesó la negra cortina de fuego. Dio gracias a su traje empapado. Al ver a la mujer y al niño
en el suelo levantó al pequeño. Liberándose de los almohadones abrió el chaquetón mojado y apretándole contra su pecho y con la protección de la tela calada
logró salir de la vivienda. Le dejó en la calle a una veintena de metros donde el calor no era tan intenso. Volvió sobre sus pasos para atravesar de nuevo
las llamas. Levantó a la mujer e intentó repetir la maniobra de envolverse ambos en el chaquetón pero, evidentemente el abrigo salvador no era suficiente
para los dos. Se lo quitó de inmediato. Protegió la cabeza y cara de ella con la peluca y barbas empapadas por la lluvia. Nada más quitarse la barba postiza
sintió que el aire abrasaba sus pulmones. El contacto del agua con la cara de la mujer terminó de despertarla. Incrédula vio al hombre que era su salvador.
El niño está en la calle. No se preocupe, se ha salvado. Ella solamente musitó un gracias a Dios. Ahora el problema estaba en atravesar la cortina de llamas.
Se agarraron de la mano y ante la duda de ella él pegó un tirón y la arrastró hacia el infierno. Una vez rodeados por el fuego ella solamente pudo huir
hacia delante. No sintió el momento en que la mano del hombre se soltaba de la suya ni sintió el golpe de su cuerpo al caer. Unos minutos después madre
e hijo abrazados miraban hacia la casa que se consumía. El niño miró unos metros hacia delante. ¡Mamá, mira, una bicicleta!

Pasosrotos despertó de su letargo. Recordó los instantes pasados y tras tocarse comprobó que estaba vivo. Se encontraba especialmente cómodo y extrañamente
no sentía dolores. Miró a su alrededor y el ambiente le resultó familiar. Era evidente que se encontraba tumbado en la cama de un hospital. No sabía cómo
había llegado hasta allí y supuso que habría sido rescatado en el último momento. Se levantó y se dirigió al cuarto de baño sin dudar. Volvió a tener la
misma sensación de saber dónde se encontraba. En ese momento se abrió la puerta. Y una joven enfermera se dirigió sonriendo hacia él:

- Doctor, veo que se encuentra mejor…

Pasosrotos miró a su alrededor, estaba sólo y esa mujer se estaba dirigiendo directamente a él. Sin saber cómo ni por qué contestó de manera automática.

- Gracias, Conchita. ¿Muchas urgencias en esta noche?

- No, contestó ella. La última la atendió usted antes del desmayo. Volvió a sonreír con cara de traviesa. Doctor, le dijo, trabaja demasiado y quizás
le vinieran bien unas vacaciones… y una esposa

- Gracias, contestó él mientras sentía que todo giraba a su alrededor. Recuerdos de noches en la calle, de una noche, muchos años atrás y del incendio
de su casa, de un hombre que salvó a su madre y a él de morir quemados. El héroe anónimo nunca apareció. Los periódicos de la época dijeron que había muerto,
otros testigos afirmaban que le vieron salir en llamas y desaparecer delante de media docena de vecinos que se habían congregado para apagar el fuego.
Recuerdos en la lejanía de un padre borracho, de una madre que trabajó hasta conseguir que él finalizara sus estudios de medicina. Se estaba formulando
demasiadas preguntas. Miró encima de la mesita y recogió su cartera. Detrás de ella una vieja fotografía. Se reconoció a si mismo sentado en las rodillas
de un Papá Noel. Intentó fijarse en la cara del hombre y un escalofrío recorrió su espalda. El hombre no tenía rostro.

27 Diciembre 2006 | 03:59 PM

Manuel EnríquezTuriñ

Manuel EnríquezTuriñ dijo

Profecía..

Se encontraba cansado y sabía que su reinado, y su vida, tocaban a su fin. El heredero estaba dispuesto a arrojarse sobre él para asestarle el golpe definitivo que hiciera que su corazón dejase de latir. Odió a ese joven que le acechaba a cada momento. Volvió a estremecerse cuando el reloj comenzó a tocar esos tañidos de horror y muerte que presagiaban su fatal destino. Con la última campanada, la decimosegunda, gritó su profecía, un último aullido, quejido de dolor, muerte y venganza:
- "¡Ya te tocará a tí, 2007!"

Política y realidad.

"...y desde esta tribuna que ocupo gracias a los votos de todos los ciudadanos, puedo asegurar, sin temor a equivocarme que la sensación de inseguridad ciudadana denunciada por el jefe de la oposición es absolutamente irreal. Nuestras ciudades son seguras y..."

A él no le importaba el debate sobre el estado de la nación. Su necesidad era otra, llevaba dos días sin picarse y el mono estaba empezando a volverle loco. Vio a los dos viejos y al inmigrante cruzar la calle. Por su aspecto debían tener mucha guita. Sacó la pipa del bolsillo de su gabán y se sintió reconfortado cuando apoyó el índice sobre el gatillo. Seis balas en la recámara que no esperaba utilizar. Con pasos sigilosos se acercó desde atrás sin ser visto. Los tres hombres se quedaron petrificados cuando escucharon la voz que les decía:
"Manos arriba, pringaos, que esto es un atraco..."
Y aquella noche, los niños se quedaron sin sus regalos de Reyes.

Manuel Enríquez Turiño.
Madrd.

31 Diciembre 2006 | 02:02 PM

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17 Enero 2008 | 08:48 PM

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Sobre mí

Dirijo un pequeño taller de escritura, más que nada, llevado por mi afición a escribir. Hace unos años me encontré de la noche a la mañana con que me concedieron un par de premios literarios por otras tantas novelas en otros tantos concursos y, como quien no quiere la cosa, se despertó en mí el ímpetu de escribir con mayor fuerza que antes. Ahora estoy metido en este torbelli`no imparable, y hasta tengo una web sobre temas literarios que puede verse en: http://webs.ono.com/libroteca ¿Qué le vamos a hacer?

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