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La Coctelera

Libroteca

Escribir un cuento paso a paso.

6 Noviembre 2006

Un cuento interrumpido

Cuento interrumpido

La propuesta de escritura creativa de este mes de noviembre es la terminación de un cuento del que se desconoce su desenlace, facilitándose un cuento íntegro de similares características del mismo autor, que deberá utilizarse como modelo.
El cuento elegido ha sido Verde y sin Paula, de Mario Benedetti, que puede leerse al final de estas explicaciones, al que le falta la terminación con el fin de que los que lo deseen puedan reescribir otros posibles finales y ponerlos como comentarios del blog.
El libro de lectura colectiva será Estaciones de paso, de Almudena Grandes. Desde que la conocimos con Las edades de Lulú, hemos disfrutado leyendo Te llamaré Viernes, Malena es un nombre de tango, Atlas de geografía humana y alguno más que haría demasiado larga la lista. Ya leímos su libro de cuentos Modelos de mujerl, pero este de ahora, titulado Estaciones de paso, incorpora a su obra recursos estilísticos que nos presentan el encumbramiento admirable como un nuevo ascenso en la progresión creadora de Almudena Grandes.
Para terminar, volviendo al tema del taller de escritura, copiamos el cuento Verde y sin Paula, de Mario Benedetti, al que le falta el desenlace, como digimos más arriba. El cuento íntegro propuesto de modelo se titula Como Greenwich, y puede lerse entrando en: http://webs.ono.com/libroteca/como greenwich.htm

Finalmente,aquí tenemos el noventa por ciento de verde y sin Paula, con el reto de que seamos nosotros los que recreemos el diez por ciento que le falta hasta el final redondo que consigue la pluma brillante de Mario Benedetti:

VERDE Y SIN PAULA

Cuando se incorpora en la arena, dobla cuidadosamente la toalla, respira con fruición, camina hasta la orilla y se introduce lentamente en el mar, siente que no ha dejado nada a la improvisación. Allá arriba, sobre la almohada, en la habitación 512 del Hotel Cóndor, está el sobre con las cinco palabras en rojo: Para entregar a Paula Acosta. Lo recogerá la mucama cuando llegue, como siempre, a las doce. Le ha costado tres meses la decisión, pero a esta altura es irreversible. Francamente, ya no se soporta, hay que concluir. No tiene por qué apurarse, sin embargo.
Cuando el agua le enfría los tobillos, sabe que ha comenzado el último capítulo. Uno de los primeros se remonta a otra playa, Atlántico por medio, con su madre y el padrastro, Víctor, caminando enlazados por la dura arena de Portezuelo, Joaquín tocando en la armónica una milonga cualquiera, y Mastín, minúsculo y húmedo, ladrando como siempre el bochorno de su nombre. Tiempos de candidez o de sordera, de inocencia o de soberbia, no lo sabe bien. Tiempos de acomodar sus diez o doce años saludables en el compacto bienestar, en las lenguas de sol, en la bocanada salitrosa, en las rocas limpísimas. Su madre y Víctor, tan jóvenes entonces y sin embargo (para él) tan antiguos. Y el padre que nadie menciona y a quien nunca conoció, aunque sí logró juntar pedacitos de su confusa historia a través de las revelaciones del primo José Carlos. La inesperada fuga, poco menos que delictiva, a algún lugar del extranjero, sin explicaciones ni carta, sólo noticias indirectas, desprendiéndose sin pudor de la mujer y el hijo. Imágenes de la madre llorando por horas y semanas, y también recuerdos de su recuperación seis años después, gracias a Víctor, que es atlético y bueno pero antiguo. En realidad, todos eran antiguos menos José Carlos y Paula, sus pares.
Después de todo, se trata de un repaso consciente. No va a esperar la tradicional y vertiginosa película del ahogado promedio. Para qué. Tiene todo el tiempo disponible para ver la historia con calma. De modo que cuando el Mediterráneo roza sus rodillas, puede elegir el tramo adolescente, con sus notas brillantes y los veranos plácidos y la sincera alegría de Víctor, casi un padre, cuando él triunfa en los 800 metros llanos a nivel liceal, corriendo rezagado hasta los 600 para mostrar entonces toda su garra y pasar a los otros como a postes en el sprint final. Tiempo de lecturas, de primeros libros importantes y formativos. Y Paula. Regresos del liceo, tardecitas en el parque, descubrimiento de la Vía Láctea.
Puede elegir las imágenes y hasta organizar el montaje. Es él, con los pies descalzos sobre las piedras del fondo, tan pulidas, y el agua ya en los muslos, es él quien traza inexorable el esquema. Por ejemplo el distanciamiento con Joaquín, que ya no toca milongas en la armónica y justifica frenéticamente la todavía apocada represión, se enrola en los grupúsculos de la ultraderecha, señala con el dedo a compañeros de clase. Y Paula. Química Orgánica con besos. Química Inorgánica con caricias. Física con todo. La madre en cambio tiene arrugas, pese a la cremoteca, y Víctor, a contrapelo de su paz interior, consigue una úlcera duodenal. El tiempo pasa. Unos abren los ojos, otros los cierran.
La olita suave y traicionera le encoge los testículos. Aquí lleva tiempo adentrarse hasta lo hondo, hasta no hacer pie. La olita palpa el sexo. Paula también y ahí se quedó. Él creyó que para siempre y ella también. Se ha mantenido, en fin. Es él quien se va. La abandona por el mar infinito, por la paz enigmática. Paula es un cuerpo que él vio crecer, formarse, florecer, madurar, alojar un carácter. Y algo más. Paula, o la tentación de vida. Es arduo sobreponerse. Pero ya está. Todavía un ramalazo con la muerte de Víctor, en aquel desgraciado accidente del kilómetro 97, y el profundo desgarro de la madre, otra vez sola, más antigua que nunca.
Sólo cuando el agua transparente le llega al estómago, la memoria estalla. No piensa en balaceras, porque detesta el léxico de los seriales norteamericanas, pero en realidad son eso: balaceras o ráfagas o fuego graneado. ¿Cuándo había arrancado la pesadilla? Tal vez cuando empezaron a caer los estudiantes. ¿Cómo quedarse quieto, arrinconado, a buen seguro? Y Paula. Otra forma de amor, casi un orgasmo comunitario. ¿Cómo no hacer algo, no participar? Y Paula. Qué riqueza, qué conmoción estrechar aquella vida fresca, igual y tan distinta. Qué riesgoso paraíso entrar en ella, fumar juntos, hacer proyectos, y volver a entrar en ella. Y salir después a las reuniones escondidas, donde hasta los gritos se murmuraban. Qué ciudad increíble, desacostumbrada, solidaria, discreta, osadísima, cordial, entrañable. Dos timbrazos en clave y puertas que se abren, mate, café, cerveza, planos de un trazo casi escolar, quién tiene fósforos, quémalo, chau. Y Paula. Por suerte ella no estaba cuando los pescaron en el chalecito de Atlántida. Fue a mediodía, entre turistas, bicicletas y vendedores ambulantes. Nadie pudo hacer nada. Lo habían previsto todo menos esa hora facilonga, ritual: el podrido mediodía.
Los brazos horizontales, acariciando el agua, para que la olita lambetee por fin sus sobacos erizados. Es claro que había previsto la tortura y las obvias defensas mentales y los principios. Pero la realidad. Siete días y siete noches buscando y rebuscando algo para decirles que fuera verosímil y hasta medianamente cierto y que a la vez era inútil. Algo para que lo dejaran simplemente respirar. Y soltó aquella dirección, aquel apartamento donde ya no había nadie, porque una semana atrás ya todos se habían ido, dispersado. Y sin embargo le siguieron dando, larga, duramente, cuatro días y cuatro noches más, ya que, a partir de aquel dato, le exigían confirmaciones, continuaciones, epílogos. La vieja dirección donde ya no había nadie. Pero había. Carajo había. Mierda había. Y gracias a él, gracias a su desliz imperdonable, habían sorprendido a Ornar, sólo a Ornar, y se había defendido y lo habían acribillado. Ocho años desde aquello. Y nunca.
El agua cada vez más fría es una soga alrededor de su pescuezo. Nunca pudo aceptarlo ante sí mismo. Aunque nadie lo supiera. Porque nadie lo supo, salvo Paula. Él mismo se lo dijo, aquí en Europa, ya aparentemente libre, porque un pasado así era demasiado para una sola memoria. Y él agradeció que ella no lo disculpara ni lo perdonara ni lo justificara ni le dijera qué vas a hacer ya pasó, él agradeció que sólo se abrazara a él y le dijera pobrecito mío. Porque eso era más o menos. Un pobre tipo con Ornar a cuestas. Con Ornar a quien nunca había visto, pero a quien sin quererlo había ayudado a liquidar. Y Paula. Desde ahí la relación fue otra. Porque ella comprende, comprende que él se sienta así. Sabe que él se apoya noche a noche en la altísima, infranqueable muralla de aquella muerte absurda que es como su propiedad privada y que lo separa de los otros, del mundo. Y ella se arrima y se recuesta con él en la lúgubre muralla, pero de ningún modo niega que ésta exista. Lo ayuda a encontrar soluciones, pero nunca falsas coartadas sino salidas reales. Pero no hay. Salvo ésta de entrar lentamente en el mar. Después de todo, no se va a asombrar cuando su cabeza, y con ella su pasado, su presente y su futuro, queden para siempre bajo el agua. Tiene experiencia de ese ahogo. Y el agua del Mediterráneo, pese a las denuncias sobre contaminación, es muchísimo más limpia que la del tanque con mierda de los cuarteles. O sea que es una compensación, algo como un premio que se otorga a sí mismo: ahogarse en un agua limpia, purificada y purificadora. Y Paula. La dejó bastante tranquila, en Barcelona, porque inventó que tenía que hablar sobre el Comité con Tito y Beatriz, que pasaban aquí sus vacaciones. Pero en rigor vino a hablar con el mar, con el Mediterráneo tan verde y sin Paula.
Ese mismo Mediterráneo que ahora está en su mentón y sube hasta sus labios la salmuera de siempre. Y el sabor llega contemporáneamente con el grito, agudísimo en su desesperación. Sólo el ruido del agua y enseguida retorna, desgarrándose, más lejos en el aire, más adentro en el mar
….. .

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6 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Spirit

Spirit dijo

Mientras, él, el que no era nada sin Paula, va meciéndose entre las olas del magestruoso Mediterráneo, adentrándose cada vez más en el mar, para que éste le abrace y se lo lleve con él a su mundo...

Y Paula sabe qué está pasando, lo siente, lo nota... Su alma se está rompiendo, acongojando... Ella, se encierra en su habitación.
Y sólo sabe llorar, no sabe por qué, pero su alma se ha roto. Su cuerpo empieza a desvanecerse de su mente, sus sentidos no funcionan y ella sólo sabe llorar...
Así, imaginando el precioso Mediterráneo en el que habían compartido tantas cosas, murió sola, con su llanto afligido, inmersa en un profundo sueño reuniéndose con él, bajo las olas del mar... en la inmensidad de su nexo de unión llamado Mediterráneo. Él, Ornar, PAula, el padre de Paula, ...

No sé si me quedó muy bien... pero lo intenté;)
CUídate, besos y un big abra:
Spirit of dreams;) (F)

17 Noviembre 2006 | 02:51 PM

ManuelEnríquez

ManuelEnríquez dijo

Mi versión del final de verde y sin Paula, de Mario Benedetti:

…el maldito destino, ese destino que siempre jugó con él como ahora jugaban las olas con su cuerpo. Quizás, si lo hubiera sabido todo hubiese cambiado y él no se hubiera ido de Barcelona dejando a Paula sóla. Peor que sola, acompañada de sus recuerdos. Recuerdos de aquella tarde cuando había citado a Ornar en el apartamento. Llevaba una semana vacío y allí nadie les molestaría. Luego la estudiante, la revolucionaria, dejó paso a la mujer que acudiría al encuentro. El carapintada que le había cortado el paso, todavía un muchacho demasiado joven para matar, se había fijado en sus piernas embutidas en la minifalda de cuero. Se permitió una mirada por detrás del furgón militar que bloqueaba la calle. Una veintena de soldados abrían fuego contra el edificio. Tiempo para el recuerdo antes de que los barbitúricos hicieran su efecto. Dejó una carta sin explicaciones. Sólo una despedida que nunca encontraría a su destinatario.

Manuel Enríquez

18 Noviembre 2006 | 10:48 AM

Arcadio

Arcadio dijo

.....CONTINUACION .....

..... El agua le llegaba a la nariz, el salitre del mar le hacía
cosquillas; la ola, pequeña ola, le acariciaba la cara; el pasado era
como un peso que le quería hundir, los hechos que habían
sucedido no tenían vuelta atrás, su conciencia le acusaba.
Pero por encima de todo estaba Paula, la mujer que le había
comprendido, Paula, la había dejado lejos pero la sentía tan
cerca .... y dio otro paso .... y cuando ya casi el pequeño oleaje le
tapaba la cara, cuando el agua acariciaba su cuerpo desde la punta
de los pies hasta la frente, con una caricia suave, como la
suavidad de Paula, siempre Paula, caricia sensual, amante
perfecta, donde encontraba la calma como el agua del mar. Ahora
le acariciaba como ellos se habían acariciado.
Cuando ya la última hola le iba a pasar por encima, un grito se
oyó en la orilla:
- ¡No! No lo hagas
- No, no murió
- No murió
- No eres culpable de nada
Las voces le llegaron como en un susurro sordo, el hombre
levantó la cabeza con un impulso y allá en la orilla corriendo por
la arena, desprendiéndose de la ropa a tirones, entrando en el agua
solo con sus pequeñas braguítas. Reconoció a Paula y con un
impulso volvió sus pasos hacia la orilla .... Paula, lo que
significaba la vida, que iba a haber perdido, pero que ella siempre
ella, le iba a rescatar.
No podía morir, pero ¿podria vivir?. No podria morir, Paula
estaba allí.
Y se fundieron en un fuerte abrazo, las olas les besaron a los dos,
acariciando sus cuerpos mientras ellos se acariciaban a su vez,
explorando sus cuerpos como si fuera la primera vez, mientras sus
labios se apretaban con fuerza y sus lenguas jugueteaban
traviesas.
Paula, ¡Paula es la vida!.

Noviembre, 2006.

(ARCADIO DOMINGO ARRIBAS)

19 Noviembre 2006 | 11:35 AM

libroteca

libroteca dijo

gracias a los tres, Spirit, Manuel, y Arcadio, por participar con vuestras versiones del final del cuento de Mario benedetti. Al final del mes colocaré el desenlace original de verde y sin Paula. Un saludo y gracias otra vez.

19 Noviembre 2006 | 07:49 PM

Margarita Pérez

Margarita Pérez dijo

Final de: Verde sin Paula

…Agobiado por los remordimientos o sentido de culpabilidad. A Pesar de haber transcurrido ocho años, decide suicidarse caminando mar adentro.

Sumergido en el repaso de los recuerdos de su vida nada interesante por cierto, excepto la existencia de Paula, claro, que siempre fue parte de su vida.

Se sentía algo molesto por un raro cosquilleo en los dedos de los pies, pensó que sería un cangrejo o algo así.

¡Bah! A aquellas alturas que importancia tenían aquellas pequeñeces.

El agua que le llegaba ya por la barbilla, con el vaivén de las olas se le metía en la boca y no era nada agradable. Pensó, que contaminadas o no, aquellas aguas del mediterráneo sabían fatal. Le recordaba el sabor de la cerveza, cosa que detestaba, al contrario que Paula, que era casi adicta. Cuando retrocedía la ola trataba de escupirla, pero era inútil, el sabor seguía allí.

Un grito no muy lejano le hizo volver a la realidad.

-Despierta boludo, que la marea está subiendo y si te descuidás un poco más se te lleva.

Decía esto mientras le vaciaba en la cara el contenido de una botella de cerveza, lo que le espabiló del todo mirando a su alrededor con asombro.

-Paula, pero ¿qué hacés vos aquí? ¿no te explicaba en mi carta mi intención? Tú sabes que yo no puedo vivir con el remordimiento por la muerte de Ornar.

-Déjate de remordimientos ni gilipolleces. Tú no tienes la culpa de que Ormar estuviera allí. Nunca lo hubieras hecho deliberadamente ni para salvar tu vida.

-¡Si te conoceré yo!

-Además lo que tú no sabes es que Ormar tenía una terrible enfermedad Terminal y que le resultó más fácil dejarse matar por aquellos cerdos que meterse en el mar y aparecer cualquier día en una playa cualquiera medio comido por los peces.

-¿Y qué hace Mastín mordisqueándome los dedos de los pies?

-Pues verás, después de morir Víctor, me lo encontré con tu madre en Barcelona y me lo dio porque deseaba rehacer su vida y Mastín era un incordio, y además hay otra cosa que no sé si decírtela ahora por gilipuertas.

-Bueno, ¡hala! Te lo diré.

-Estoy esperando un hijo tuyo.

El pobre hombre se quedó petrificado, hasta se le olvidó el regusto a cerveza que tenía en la boca y su cara se puso de todos los colores imaginables, mientras Paula, su Paula se retorcía de risa viendo la cara de memo que se le había quedado. Al fin el pasmado hombre reaccionó y de un salto cogió a Paula por la cintura y llevándola en volandas dio con ellas unas cuantas vueltas sobre sí mismo. La depositó al fin en e suelo y sin soltarla, se volvió hacia el mar y gritó con todas sus fuerzas.

¡Peces, tendréis que comeros a otros, que lo que es a mi…

Margarita Pérez

25 Noviembre 2006 | 10:24 AM

libroteca

libroteca dijo

Ponemos a continuación el final del cuento Verde y sin Paula, de Mario Benedetti, y queremos agradecer muy sinceramente su participación a Manuel, Marga, Arcadio spirit y todos los que han colaborado con el blog mandándonos sus versiones a lo largo de este mes.
Esperamos que la sugerencia que haremos dentro de un par de días para escribir en el mes de diciembre también merezca su interés.

Final de verde y sin Paula, escrito por Mario Benedetti:

No puede ni tiene derecho a hacer cálculos o a reflexionar. Dispone apenas de uno, dos segundos. El grito, que puede ser auxilio, o socorro, o simplemente ay, vuelve a quebrar la paz, esa paz enigmática ya a punto de acogerlo. Y no tiene otra opción que alzarse, sacudirse, flotar, detectar de dónde viene, y nadar, nadar, nadar con todo el vigor y la práctica de que dispone. La niña, aterrada y rubia, emerge y se hunde y emerge y se hunde y emerge y él aprovecha para asirla del pelo y sostenerla y acomodar su cuello bajo su brazo e impulsarse hacia la orilla con el otro, racionalmente, sin perder la calma, y nadar, nadar, nadar, con una nueva, acumulada, dinámica obsesión.
Todo sucede como en un largo instante. Por fin la muchachita está tendida sobre la arena, y él contempla, con ojos acuosos y lejanos, cómo dos o tres robustos le aplican todos sus conocimientos sobre respiración artificial y boca a boca. Por lo menos cincuenta personas rodean el cuerpo tendido, y a cada rato alguno o alguna salen del ruedo y se le acercan y le tocan un hombro o le sonríen o le dicen bravo hombre o gracias a usted o si no es por su coraje o amigo te ganaste el día. Porque de pronto advierte que lo empiezan a tutear y la muchachita ha podido incorporarse y le han vuelto los colores y pregunta dónde está el que la trajo. Todo se va normalizando, pues. Y, sin que nadie se lo haya preguntado, alguien informa que son las once y media. Entonces él, sin el menor estupor y sin ninguna duda, es consciente de que debe subir corriendo hasta el hotel, a ver si consigue llegar a la habitación 512 antes de que la mucama recoja el sobre.

30 Noviembre 2006 | 04:54 PM

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Sobre mí

Dirijo un pequeño taller de escritura, más que nada, llevado por mi afición a escribir. Hace unos años me encontré de la noche a la mañana con que me concedieron un par de premios literarios por otras tantas novelas en otros tantos concursos y, como quien no quiere la cosa, se despertó en mí el ímpetu de escribir con mayor fuerza que antes. Ahora estoy metido en este torbelli`no imparable, y hasta tengo una web sobre temas literarios que puede verse en: http://webs.ono.com/libroteca ¿Qué le vamos a hacer?

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