Tres palabras para escribir un cuento

Siguendo el método creativo comentado en el texto anterior, en el taller de escritura creativa la semana pasada fuimos doce participantes y las doce palabras propuestas en primer lugar fueron:

Dulce Naturaleza, regalo, Jardín, loro, ferieante, sonrisa, cascada, Amor, padre, Persona y Hierro.

Después de agruparlas de dos en dos se propusieron las seis palabras siguientes que de alguna forma aglutinaban las ideas de las dos originales. Fueron:

Flor, fruta, carcajada, charlatán, fuerza y querer.

Finalmente, emparejadas nuevamente estas seis, se fijaron las tres palabrasdefinitivas sobre las que cada uno deberíamos redactar un cuento o un relato.

Las palabras fueron:

Manzanilla, risa y Voluntad.

Copio aquí dos de los trabajos que se aportaron.

El viento. Por Margarita Pérez.

Hacía un viento tan tremendo, que el gran pañuelo de gasa que intentaba colgar del tendal la dueña de aquella pequeña finca, voló por los aires. Después de ejecutar durante un buen rato unas graciosas evoluciones, unas veces la mar de alto y otras a ras de tierra. Cuando volaba bajito intentaba cogerlo, pero sus carreritas no le servían de nada pues aquella juguetona especie de ave fantástica y multicolor se burlaba de todos los intentos. Al final decidió posarse, pero el muy malvado lo hizo en la copa del más alto abedul que había en el pequeño jardín, Su dueña lo miraba furiosa por toda la mala idea del pájaro-pañuelo aquel, que en circunstancias normales le prestaba un gran servicio y le tenía apego. Estudiaba la forma de alcanzarlo pero no era fácil, pues ni con la escoba, ni con una vara que tenía por allí, lograba llegar hasta él, y poner una escalera no le parecía prudente pues el tronco era delgado y no resistiría que se apoyara una escalera. Estaba pensativa con la barbilla apoyada en su mano cuando oyó una risa burlona, se volvió y tal como esperaba procedía de la cotilla de su vecina de la finca contigua que se pasaba la vida apoyada en la verja de un lado o del otro fisgoneándolo todo con una eterna taza de manzanilla en sus manos, cosa que recomendaba a todo bicho viviente, ¿Que te duele una uña?: Pues una taza de manzanilla ¿Que se te olvidó la mitad de la compra? pues una taza de manzanilla ¿Que se" te ha fugado tu pañuelo favorito? Pues una taza de manzanilla. La dueña del pañuelo con no muy buenos modales le dijo
-¡Qué, ¿Se divierte usted?
-Sí hija, mucho ¡Con lo fácil que es cogerlo1
-¿Fácil?:Pues dígame cómo
-Pues muy sencillo, gateando por el tronco del árbol La dueña del pañuelo miró al árbol con su tronco blanco tan delgado y liso y pensó. Si no fuera por las ganas que me quedan siempre de darle una "torta".Me daría hasta pena, pues la "tia" está como unas maracas. Se volvió a la vecina y le dijo
-¡Mire usted lo liso que es el tronco y le aseguro que yo no tengo uñas de gato.
-¡Bah! Todo es cuestión de voluntad. La dueña del pañuelo por no soltarle una inconveniencia, se dio media vuelta sin decir nada más, pues se le acababa de ocurrir una idea en aquel momento para rescatar el volátil pañuelo he iba a ponerla en practica. Subió a la planta superior del chalet, armada con su larga vara y desde una ventana al fin rescató su codiciada presa, y sin recurrir a ninguna taza de manzanilla ¡Hala!

La querencia de los animales. Por Vicente Antón.

Un bar no es el mejor sitio para tener un gato. No señor. Aunque sea un bar de pueblo como es el nuestro , donde se supone que las cosas pueden colocarse de manera más informal y que la limpieza se hace con cierta tolerancia de los que acuden a tomarse un vino o una cerveza. Pero un bar, ya digo, no es el mejor sitio para tener un gato rondando.
Lo trajo mi mujer del monte en agosto del año pasado. ella es de esas personas que les gusta salir al campo por el sólo gusto de darse un paseo al aire libre, y siempre suele volver con algo en las manos según la época del año: por el verano acarrea manojos de manzanilla o té de roca, en otoño bolsas de setas o castañas; en invierno algún ramo de acebo con bayas, en primavera trae fresas silvestres o un puñado de margaritas recién cortadas... Pero aquel día traía entre los brazos un gatito gris de pocos meses que había recogido en el monte, y le acariciaba con la misma complacencia con la que miraba a los niños pequeños:
-Sácale a la calle y que se vaya por donde ha venido, que un bar no es un sitio para un gato. Y menos si es salvaje.
Pero no hubo manera de que me escuchara.
Los clientes del bar se morían de risa viendo mis esfuerzos por librarme del maldito gato sin conseguirlo, y muchos de ellos me daban la razón cuando intentaba convencer a mi mujer de que lo mejor que podía hacer era devolverlo al mismo sitio donde lo había encontrado.
Mientras que fue pequeño sus travesuras eran pasajeras, pero a medida que se hizo adulto las cosas fueron cambiando. Un día rompió una copa de encima de una mesa. Otro día pasó corriendo por encima de una bandeja de vasos y sólo quedaron tres sin hacerse añicos. El día que se subió a una estantería de botellas y tiró una de coñac medio vacía que se estrelló contra el suelo mi mujer terminó admitiendo que tal vez lo mejor fuese desprendernos del pobre bichejo por mucho que le quisiera, pero que me encargara yo de hacerlo.
Lo primero que pensé fue regalárselo a mi suegra, pero vivía demasiado cerca de nosotros y al cabo de dos días el gato se había vuelto él solo a nuestra casa. Entonces se me ocurrió llevarlo al castillo, que estaba en la otra punta del pueblo, en la parte más alta de una peña cortada casi en vertical sobre el tajo abierto por el río para hacerse paso. El castillo se decía que era un sitio plagado de gatos y ratones y pensé que allí encontraría acomodo rodeado de congéneres de su especie y que no pasaría hambre, pero volví a equivocarme y el dichoso animal debió de aprovechar algún atajo porque llegó antes que yo y le encontré esperándome sentado en la acera para que le abriera la puerta.
-El gato nos ha cogido voluntad y quiere vivir con nosotros -decía mi mujer cuando le conté lo que me había pasado.
Por fin decidí llevarle al monte y abandonarle a su suerte. Un bar no era un sitio para un gato y cualquier día nos arriesgábamos a que arañase a un cliente y nos diese un disgusto.
El problema era que la parte del monte donde lo encontró mi mujer estaba bastante retirada y tuve que caminar unas cuantas horas dejando atrás la peña del castillo, atravesando el río, internándome entre los árboles por un paraje donde nunca había estado antes... Hasta llegar a una zona de rocas de poca vegetación donde al parecer se criaba el mejor té de roca de toda la comarca.
Y allí le dejé en el suelo cerca de una cueva hecha en la piedra y me di la vuelta dispuesto a regresar solo y, en ese momento, me di cuenta de que no sabía dónde estaba ni cuál era el camino del pueblo. Tuve suerte porque el gato, en vez de meterse en la cueva como yo pensaba, empezó a andar poco a poco hacia alguna parte, y yo tras él, viéndome perdido en el monte y completamente avergonzado de pensar que si no llega a ser por el pobre animal me hubiese visto mal para llegar por mi cuenta a casa.
-Ya te dije que nos ha cogido voluntad y que quiere vivir con nosotros
Mi mujer se encargó de contarle a todos los clientes lo que me había pasado con el gato en el monte, y se reían como si fuese motivo de risa.