Febrero, inolvidable adolescencia
Copio ahora un primer relato. Ya explicaré más adelante el modo de elaborarlo. Por ahora es suficiente con intercalar algo ameno antes de continuar con teorías sobre la forma de escribir literatura.
La propuesta en el taller de escritura era hacer un cuento o relato, como queramos llamarlo, en torno al mes de febrero. Hay, evidentemente, muchas maneras de abordarlo, pero a mí se me ocurrió esta.
Me gustaría que me comentases algo cuando lo leas.
también puedes escribir tú otro cuento sobre el mismo tema y ponerlo aquí.
Dice así:
En el mes de febrero todos los años me viene a la memoria la imagen de la hija de la maestra que tuve en el último curso que fui a la escuela, que solía pasear todas las tardes con su perro sujeto de una cadena junto a la cerca de las huertas.
recuerdo que cada año cambiábamos de maestra, casi siempre eran maestras y no maestros, imagino que pedirían el traslado lo antes posible debido a que el pueblo era muy pequeño y estaba muy alejado de la capital de la provincia. Lo cierto es que la que nos correspondió en mi último año era una señora de mediana edad, no recuerdo si estaba casada o era viuda, y tenía una hija de trece o catorce años que iba también con nosotros a la escuela, que no era buena estudiante ni tenía un carácter muy simpático, pero desde el primer día sentíamos todos los chicos una atracción irresistible hacia ella mayor cuanto mayor era su desapego y más se empeñaba en mantenerse al margen de todos. En ocasiones daba la impresión de que se sentía por encima de nosotros y se creó fama de soberbia. Otras veces parecía que vivía en las nubes, como ocupada en resolver enigmas indescifrables o tejer sueños que sólo existían en su cabeza.
Ni siquiera recuerdo cómo se llamaba. El día que llegó y quisimos saber su nombre dijo que se llamaba Febrero porque le faltaban dos dedos de nacimiento como a febrero le faltaban dos días, y así la llamábamos todos. Es lo único que recuerdo de ella, además de su cara difícil de describir, a veces muy seria y a veces sonriente y espléndida como una mañana muy soleada después de unos días metidos en lluvia o niebla.
Una tarde después de clase, no hacía mucho que había empezado el curso, hice lo posible para coincidir con ella cuando paseaba junto a las huertas, y le pregunté por la raza de su perro como si los perros me interesaran y entendiera mucho de razas. Era un husky siberiano de color azul oscuro de los que se emplean para tirar de los trineos en tierras nórdicas. Entonces me di cuenta de que le faltaba una oreja casi entera, como si se la hubieran mordido en alguna pelea, y tuve una ocurrencia:
-¿Qué me das si adivino cómo se llama?
-Nada -me contestó con un asomo en su cara de dureza.
-Sellama Bisiesto -le dije, como si fuese el nombre más normal del mundo para un perro.
-No era fácil adivinarlo. Tendrás tu premio.
Entonces fue cuando alargó una mano por encima de la cerca de las huertas y cogió una manzana muy roja que colgaba de una rama y me la ofreció con una sonrisa de complacencia.
Estuvimos hablando casi hasta que se hizo de noche. Le gustaba contemplar las puestas de sol y escribir poesías. De mayor quería estudiar periodismo o una carrera técnica. No sé si conseguiría realizar sus sueños porque aquel año fue el único que estuvieron en el pueblo, y no he vuelto a saber de ella. Sin embargo, todos los años por san Valentín la recuerdo, como si hubiese sido ayer mismo cuando se le escapó el perro con la cadena, distraída mientras hablábamos junto a la tapia de las huertas. Hoy me gustaría volver a verla.

tete dijo
aaaaaaaaaaaaw ke lindoO!!
sta super padre!!!
15 Julio 2006 | 10:45 AM